El 9 de octubre se cumplen 42 años del
asesinato de Ernesto Ché Guevara en La Higuera (Bolivia). Frente a la
banalización de su figura, reducida a posters, estampados en camisetas
y otro merchandising, habrá que recordar que el Ché era, ante todo, un
revolucionario marxista-leninista, un comunista convencido y
consecuente que nunca escondió sus ideas.
Es fácil asumirlo como un
romántico, como si fuera un “iluminado”, un soñador utópico, del que
hay que reclamar el “espíritu” pero no su ejemplo. Pero Ernesto Guevara
era todo lo contrario de un iluso romántico. Era un comunista con un
gran sentido práctico y con un compromiso firme que le costó la propia
vida.
Que los socialdemócratas, ecopijos y otros reivindiquen su
figura no es algo en sí negativo. Que lo hagan descafeinándola,
escondiendo el principal impulso vital de su lucha, es decir, la
consecución del socialismo y del comunismo, sí que no es de recibo.
Porque lo que esconde esa ocultación no es sino el rechazo del
marxismo, el anticomunismo disfrazado de “más rojo que yo nadie”, pero
con un comodísimo “eso ya está anticuado” o “aquí no se dan las
condiciones”.
El Ché, que supo enfrentarse a los modos y maneras
estalinistas, nunca quiso honores, reconocimientos, liderazgos ni
aplausos. Lo dijo claro: “Las vanguardias tienen su vista puesta en el
futuro y en su recompensa, pero ésta no se vislumbra como algo
individual; el premio es la nueva sociedad donde los hombres tendrán
características distintas: la sociedad del hombre comunista”.
Para
nosotros, militantes comunistas, el ejemplo del Ché nos empuja en una
dura senda de trabajo, de estudio, de autosuperación, de sacrificio y
de lucha revolucionaria de largo recorrido. Eso es lo que nos lega el
camarada Ernesto Guevara: el compromiso con el futuro del género
humano, con la causa del comunismo.
LQSomos. Artemi Semidán
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